viernes, 13 de enero de 2012

Oscuridad y luego claridad.

Estaba todo oscuro. No había ni una luz con la que podría volver a ver tu cara y sobre todo la salida a todo ese problema. Sudando y entrando en la oscuridad, decidi empezar a correr. Corría como nunca en la oscuridad y dentro de ésta se encontraba el miedo. Aquel que no me permitía seguir adelante, pero contigo en mi cabeza, seguí avanzando. Ese miedo, mi propio miedo. A perderte, a dejarte ir, a saber que la última vez que te vi en esa oscuridad no tuve el tiempo necesario para decirte lo mucho que te amo. Pero seguí corriendo, no perdía mis esperanzas de volverte a encontrar. En toda esa oscuridad volverte a abrazar y poder sellar tus labios con los mios. Cálidos pensamientos para un momento como ese, ya que seguía corriendo, pero nada. No sabía si corría en circulos, para atrás, para adelante o si solo avanzaba y siempre era lo mismo, mi única intención era encontrarte. Seguí corriendo. Mientras mis piernas se alzaban y luego volvían a tocar el suelo de una manera muy rápida, sentía que caía y no era como cuando tienes mariposas en el estómago, literalmente, estaba cayendo. No sabía a dónde, pero lo único que se veía era más oscuridad. No era que podía contar el tiempo exacto, pero sabía que llegar al suelo había tomado su tiempo. Cuando seguía cayendo te vi en lo alto. Ahí estabas, con tu bella sonrisa, tu pelo y ojos castaños, estirandome tu mano para poderme subir a lo alto contigo, era todo lo que quería. Y cuando por fin pude tomar tu mano, notaba que me levantabas a lo alto, donde se destacaban los rayos del sol. Dandole color, luz y calor a todo, haciendolo mucho más bonito que la oscuridad. Las ramas de los árboles verdes se balanceaban y hacian a los pájaros volar uno tras otro. Las flores bailaban con el viento mientras que las mariposas se posaban en ellas. Todo era hermoso, sobre todo tú. Estabas ahí, a mi lado, solo para mi. Tus brazos rodeaban mi cintura y tu perfume me dejaba enamorada. Pose mis ojos en los tuyos, hermosos como siempre,castallos, profundos. Puse mis manos en tu pelo y me acerque a besarte, el deseo de toda mi vida. Y cuando ya sentía tu aliento rosandose con el mio..... desperte.
Estaba acostada en la cama abrazando la almohada. Todo había sido un sueño. No te encontrabas ahí. Ni para sacarme de lo más oscuro, ni para rodearme con tus brazos, ni para sentir tu aliento y mucho menos para besarte. Secandome las lágrimas de mi rostro, decidí cerrar los ojos hasta quedar nuevamente dormida.

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